
Siempre se ha dicho que la lluvia, a pesar de los destrozos y las tragedias que causa, a la larga paga sus daños. Aumenta el caudal de los ríos, hay más agua en los embalses para producir energía y para irrigación agrícola, reverdecen los bosques, etc.
Algo similar ocurre con la crítica, ya sea ésta legítima o se haga por razones políticas o por simple ignorancia. Algo de esto ha pasado con el torrente de críticas que ha llovido últimamente sobre el ayuntamiento, por los árboles eliminados y sustituidos en parques y avenidas de la Capital. El saldo es, sin embargo, positivo, aunque las protestas pudieran dificultar tareas futuras imprescindibles para ordenar el caos existente en el arbolado de la ciudad Capital. Un beneficio del escándalo es que obliga a las autoridades a oír la opinión de los munícipes antes de iniciar un programa y a discutir con y explicar a los grupos barriales sus objetivos. Además, y esta es la lección más fructífera, entender que si se inicia un proyecto concebido, diseñado y propuesto por técnicos de la institución, son ellos quienes deben implementar dicho proyecto y nadie debe suplantarlos.
La representatividad de los funcionarios electos no es algo que se otorga para siempre el día en que eligen a un candidato. Cuando votamos abrumadoramente por un aspirante a un cargo, no le estamos dando licencia para que haga lo que le parezca, ignorando incluso las recomendaciones de sus propios técnicos. Las limitaciones de los cargos están reguladas por las leyes vigentes, independientemente del número de votos que haya sacado un candidato. Por el contrario, esa mayoría aplastante que lo eligió, votó por él porque lo creía sensato y democrático e incapaz de violar las leyes y las disposiciones que regulan la institución que dirige. El apoyo del votante no es incondicional y la representatividad legítimamente obtenida debe ser renovada constantemente mediante intercambios y reales programas educativos.
Esta polémica también ha sacado a flote la ignorancia casi ilimitada que existe en nuestro país en materia de arborización urbana, incluso entre científicos y ecologistas. Observa Jorge Luis Borges que “Es posible defender mal una buena causa, pues la mayoría de los hombres (y todas la mujeres y todos los periodista) piensan que si una causa es buena, también lo son todos los argumentos que se esgrimen en su favor”. La reflexión aplica perfectamente a la mayoría de los argumentos usados en estos días para defender la “buena causa” de los árboles. Se ha hablado, por ejemplo, de la tala de árboles centenarios. Ninguno de los árboles eliminados (Acacia Amarrilla, Nim, Pino Australiano, Chachá, Melina) puede ser centenario pues ninguna de esas especies tiene tanto tiempo en la isla. Las primeras semillas de Nim, por ejemplo, llegaron al país en la década de los ochenta. Además, algunos son árboles de corta vida que raras veces sobrepasan los 20 años. Se ha especulado también sobre descensos drásticos de temperatura y hasta se habló de calentamiento global. La expresión “Tumbando árboles para sembrar árboles” es una reflexión agronómica peligrosa, pues puede inducir a los lectores a creer que todos los árboles son iguales. Lo cierto es que con árboles tan dañinos y peligrosos como el pino australiano, la recomendación de los organismos internacionales es la erradicación total.
Un munícipe se queja de que es un crimen que se corten árboles sembrados a partir de 1492, lo que convierte a Santo Domingo en la única urbe cuyo programa de arborización comenzó mucho antes de que la ciudad existiera. guerrero.simon@gmail.com